Teatralidades de las manifestaciones feministas versus transteatralización gubernamental: de la representación del poder al poder de la representación

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Teatralidades de las manifestaciones feministas versus transteatralización gubernamental: de la representación del poder al poder de la representación

Por Marina Rosenzvaig

(IIAE, Facultad de Artes, UNT)

Es 14 de octubre de 2020, despierto con una foto de la provincia de Jujuy en WhatsApp: una barrera de policía armada hasta los dientes con cascos y escudos frente a un grupo de mujeres en manifestación, una pintada en el suelo los separa y expresa FEMICIDAS en rojo furioso. Las mujeres levantan siluetas con los nombres de las víctimas y en cuyos cuerpos de cartón se ven estampadas unas manos también rojas, símbolos de la sangre de la barbarie (1) . Son muchas las imágenes jujeñas de la violencia que nos llegan multiplicadas en las últimas semanas. Podemos o ¡debemos! afirmar que hoy Jujuy padece tres pandemias: la sanitaria, la violencia que se expande sobre los cuerpos de las mujeres asesinadas en femicidio, con el terrible número cinco en los últimos treinta días, y la violencia política, institucional y simbólica del gobierno del radicalcambiemita Gerardo Morales sobre el cuerpo de la población provincial.

Las complejas escenas de la realidad se debaten entre la representación del poder y el poder de la representación, como lo nombra y describe Georges Balandier (1994) en profundidad. Morales se auto escenifica en una imagen repetida a lo largo de la pandemia, al final del día dirige un discurso a la población, junto a una virgen de yeso de unos cuarenta centímetros de alto, y el COE, que no es el Centro de Operaciones Experimentales, aunque así ironizara un compañero por ahí, sino el Centro de Operaciones de Emergencia. La trinidad del poder: la Iglesia y la Ciencia usadas para construir y sostener autoridad política.

El teatro también se debate entre la exacerbación de la transteatralización (Dubatti, 2016, 10) de las escenas de la política, por un lado, y las teatralidades de las resistencias en manifestación (Diéguez, 2008), por otro. Los últimos años observamos esta realidad compleja, y vislumbramos que mientras las crisis se propagan en pandemia, también las representaciones y las propias crisis de la representación, con ella. Como si aquello no fuera suficiente, la discusión entre convivio y tecnovivio, entre presencia física y presencia virtual, vino a problematizar aún más la cuestión en este contexto. La realidad es esta maraña que nos habla, más aún, nos grita.

Así mismo, pensar que el teatro no tiene responsabilidad en la reproducción, construcción y aprendizaje de la violencia y la desigualdad estructural no sólo es un error, sino que no lo salva de su existencia ética y política. La violencia es una cuestión central en los estudios de género, pero no parece serlo todavía en los estudios teatrales. Hasta que “el Teatro” -en mayúsculas- no asuma sus bases patriarcales, no podrá visibilizar y transformar a fondo sus lógicas y formas de producción, y contribuir a un mundo y a prácticas culturales más justas y comunitarias.

¿Cuán violentas son las imágenes que el teatro propaga sobre los cuerpos, los sujetos y las subjetividades que representa? ¿Cuán violentas y desiguales son las prácticas teatrales? ¿Cuán violentas, desiguales e invisibilizantes son las formas de enseñanza teatral? ¿Cuán violentas y desiguales son las políticas o las formas de hacer política en teatro? Estas preguntas son difíciles de contestar en este artículo corto y no son además su objeto de análisis, pero las mencionamos porque guían de forma muy general nuestras reflexiones. Nos centraremos aquí en la disputa política que se juega de manera evidente hace unos años, gobiernos neoliberales mediante, entre las representaciones transteatralizadas y las teatralidades de la resistencia feminista en manifestación que, desde hace unos años vienen mostrándonos escenas y formas de organización alternativas a las representaciones hegemónicas gubernamentales y teatrales. Se haga cargo o no el teatro de dichas batallas, lo atraviesan indefectiblemente.

Las crisis de representación política o el vacío representacional que encontramos en estos años de gobiernos neoliberales, junto a los efectos violentos de producción de “posverdad” en los que nos vimos insertxs, nos obligó a repensar todos los campos de estudio y de acción. “Llamamos transteatralización, a la exacerbación y sofisticación del dominio de la teatralidad -fenómeno extendido a todo el orden social- a través del control y empleo de estrategias teatrales, pero, en la mayoría de los casos, para que no se perciban como tales. Abonada por el auge de la mediaticidad y la digitalización” (Dubatti, 2016, 10).

Los Morales escenifican y levantan escenografías con efectos especiales para la política, se erigen en actores cabeza de compañía, edifican construcciones artificiosas creadoras de ilusión y apariencias ordenadas y limpias que permitan ocultar el artificio. “La prolijidad sobre lo accesorio enmascara entonces, en parte o del todo, el silencio sobre lo esencial” (Balandier, 1994, 30). El Estado se convierte en Estado-Espectáculo, dice Balandier. Nicolás Evreinov (1936, 86) lo llamó efecto de la teatrocracia, el espectáculo sin fin, donde realizamos los distintos roles en nuestra vida.

La teatralidad es anterior al teatro, y lo excede. Está en distintos ámbitos de la vida, atravesándolos e infiltrándose por todos lados. Es el teatro el que se ha fundado a partir de la reapropiación de las múltiples teatralidades intersubjetivas y sociales que lo rodean. La teatralidad es “un campo expandido, un teatro sin teatro” nos dice Ileana Diéguez (2014), no es ya la dicotomía infranqueable de la ficción disputándole sentido a la realidad, sino una manifestación que subvierte al mundo, y como sostiene Jorge Dubatti (2016, 9), una invitación a organizar “la mirada del otro y dejarse organizar la propia mirada por la acción del otro y establecer un juego en ese diálogo”. La teatralidad expone así una política de la mirada (Féral, 2005), desarrollando un proceso de observación sobre algo o alguien, se es miradx y se mira la realidad simultáneamente. En consecuencia, creadora de un espacio que nos permite pensar en los múltiples procesos de politicidad de la resistencia en manifestación, donde la puesta en cuerpo crea ese espacio otro, distinto al cotidiano. O lo que Evreinov (1936, 42) señalaba como su condición pre-estética y su “instinto de transfiguración”. La teatralidad despliega “el deseo de ser ´distinto´, de realizar algo ´diferente´, de crear un ´ambiente´, que se ´opone´ a la atmósfera de cada día”.

Las teatralidades de la manifestación, como acontecimientos liminales entre el arte y la vida, más allá del teatro y más allá de la estética, permiten refundar la representación como producción colectiva de nuevos sentidos afectando tanto la esfera política como también la estética. Muchas teatreras feministas nos volcamos a realizar acciones en la calle en lucha porque es allí donde encontramos nuevos significados y objetivos político-artísticos en estos años de gobiernos de derecha, pero también las diversas manifestaciones sociales se valen constantemente de procedimientos ofrecidos por el arte y el teatro para producir escenas que irrumpan y alteren el orden cotidiano, pero no ya con fines estéticos, sino con objetivos de denuncia y conmoción social.

Aún con el peligro del virus alrededor, los colectivos y colectivas que necesitan con urgencia salir a resguardar, reclamar y visibilizar pedidos de justicia y amparo estatal, se concentran en espacios públicos. Pero creemos necesario hacer algunos señalamientos, coincidiendo con al planteo de Judith Butler (20172, 15). No celebramos toda congregación callejera o virtual, hubo y hay concentraciones conservadoras y de extrema derecha, que no piden por cumplimiento o ampliación de derechos e igualdad democrática, sino por todo lo contrario, exigen conservación de sus privilegios, mientras propagan desinformación anticuarentena y odio a las mayorías desclasadas o a los gobiernos que intentan incluirlas.

Un movimiento alternativo a esas concentraciones antiderechos se manifestó en estas semanas en Jujuy. Organizaciones feministas, sociales, barriales, colectivos disidentes, de derechos humanos y autoconvocadxs, en conjunto con las familias de las víctimas de los femicidios, tomaron multitudinariamente las calles y se congregaron varias veces en la plaza Belgrano, por las calles de San Salvador de Jujuy, en las inmediaciones de las oficinas del COE, en Palpalá, entre otras ciudades de la provincia. Marcharon con pañuelos y barbijos violetas, puños y carteles en alto, voces y cantos reclamando justicia por las víctimas junto a políticas de prevención y cuidado. Hubo familias que salieron de sus casas para sumarse a las marchas cuando la vieron pasar. Una chica inflaba y lanzaba globos también violetas desde un balcón haciendo su aporte con esta acción. Desde las ventanas surgieron aplausos para las movilizaciones expresando así también la terrible congoja social.

Morales salió el domingo 11 de octubre en su decorado habitual a responsabilizar a las movilizaciones y organizaciones de mujeres, subrayó que las mujeres del Frente de Todxs politizan la situación y amplifican la violencia de género al visibilizarla. Sin embargo, es el gobierno patriarcal y colonial de Morales el primer responsable de la profundización de la violencia de género, sus políticas incumplen leyes y protocolos, crea falsxs culpables y revictimiza a las mujeres que luchan y reclaman lo justo, nombra a fiscales y jueces denunciados por violencia de género, pronuncia discursos y construye políticas de amedrentamiento y disciplinamiento. El caso más emblemático sucedió al comenzar su primer gobierno hace casi cinco años apresando a la dirigente social Milagro Sala, que osó representar las voces populares y originarias y acampar en la plaza central con “las patas indias en piletines” y producir aquella teatralización de la resistencia, en protesta por las primeras medidas de gobierno. Milagro sigue presa política.

Sostiene Butler (20172, 16) que salimos a la calle porque necesitamos caminar, la movilidad es un derecho del cuerpo, y es también el derecho anterior a otro, el de reunirse colectivamente en la vía pública. “El activismo requiere pensar en el cuerpo exclusivamente como activo”. Esa mención de actividad devela la paradoja corporal, la vulnerabilidad del cuerpo y su potencia activa de resistencia. El cuerpo toma la calle sin permiso, suele enfrentarse sin armas a las fuerzas de seguridad, sabiendo que esa vulnerabilidad expone una “vida desnuda”.

Los cuerpos se congregan precisamente para demostrar que son cuerpos, y para que quede políticamente claro lo que significa persistir como cuerpo en este mundo, qué requerimientos deben ser cumplidos para que los cuerpos sobrevivan, y qué condiciones hacen una vida corporal, la única que tenemos, sea igualmente digna de vivir. (20172, 16)

Los activismos feministas desafían las normas establecidas, y de la confinación de los espacios privados históricamente designado a las mujeres se vuelcan a los espacios públicos, rompiendo así con las condiciones de aparición impuestas por el sistema. “Estas manifestaciones tienen en la precariedad su impulso fundamental” (Butler, 20171, 17). La precariedad de las vidas y los cuerpos largamente invisibilizados, estigmatizados y violentados ocupan y se reúnen en una zona pública en donde hacer visibles sus demandas, incluso a riesgo de ser reprimidos por las fuerzas del Estado o violentados por la sociedad civil, y corriendo el peligro de contagio en esta terrible época pandémica. Las redes virtuales, la calle, la plaza, los lugares centrales de la esfera pública son también espacios en pugna. Así, unas ochenta organizaciones sociales y feministas ingresaron masivamente a la legislatura provincial en una puesta en cuerpo y espacio alternativo con el fin de ser escuchadas y discutir un proyecto de Ley de Emergencia por Violencia de Género.

La reunión masiva de personas tiene un potencial político en sí mismo al oponerse a la perspectiva individualizadora, así también se multiplica en la acción colectiva corporeizada, desarrollando un principio de igualdad -incluso con sus diferencias-, y presentando formas de libertad expresiva desarrolladas en esas manifestaciones. El ejercicio performativo del “derecho a la aparición”, es decir de modificar performativamente aquello que ha sido asignado como natural y desafiar las normas y las instituciones, se muestra como una “reivindicación corporeizada de una vida más vivible” (Butler, 20171, 31) más justa y más igualitaria. A esta proposición la autora la toma de la filósofa Hannah Arendt, quien plantea que no hay vida vivible sin la posibilidad de aparecer y ser reconocida.

La presencia corporal colectiva, aliada y plural resiste al individualismo y a la homogeneización impuestas por el capitalismo patriarcal y colonial, por un lado, y a la invisibilización, violencia y desaparición de los cuerpos, por otro lado, a través de la presencia visible, masiva y desobediente de cuerpos individuales que se vuelven colectivo en el “entre”, reunidos en movilización. Es innegable la potencia política del proceso de visibilización, resistencia y luchas por los derechos de las mujeres y las disidencias en estos años. Manifestamos el “derecho a la aparición”, el derecho a elegir sobre nuestros propios cuerpos (como en las luchas por el aborto legal) y el derecho a que no nos sigan violentando y matando (como en el Ni Una Menos en adelante). Junto al espacio de aparición se crea también al mismo tiempo un “espacio afectivo” (Proaño Gómez, 2019), proceso que continua más allá del momento de la manifestación.

Las teatralidades de la manifestación, como acontecimientos liminales entre el arte y el activismo y entre el teatro y la vida, desarrollados en escenarios sociales y no artísticos, en el que el uso de objetos sígnicos como pañuelos, gestos corporales, acciones, palabras, cantos, proclamas y rítmicas singulares y disruptivas se manifiestan públicamente en espacios determinados, permiten refundar la representación como producción colectiva de nuevos sentidos en la esfera política, y recrear otras corporalidades, y singulares espacios y tiempos, encontrando un espeso contenido simbólico-metafórico, incluso fundando acciones rituales que crean un espacio transformador. Un espacio “otro” que interpela a las instituciones, al coercitivo orden gubernamental y sus escenas transteatralizadas, y a los gobiernos norteños y sus políticas sexistas. En estas movilizaciones la energía de las ancestras y las diablas andinas parecen aflorar y hacer vibrar los cerros jujeños y las “miradas urbandinas” (Rivera Cusicanqui, 2015, 295) de la región, visibilizando la paradoja entre una “modernidad” alienada y una comunidad que puja por emanciparse de sus cadenas coloniales y patriarcales.

“Se trata de teatros en los que la sociedad “oficial” se produce, y en los que, al contrario, la protesta popular “se manifiesta” (Balandier, 1994, 26). Juegos entre el orden y desorden, entre el sistema y los contrasistemas, entre el conservadurismo y las transformaciones y rupturas. Pero bien lo aclara también Balandier (1994, 77) “la inversión del orden no es su derrocamiento, sino que lo constituye, y puede ser empleada para reforzarlo”. Es el gran juego del poder y sus antagonismos que es necesario atender, porque el sistema suele reapropiarse de los movimientos de contrapoder para domesticarlos.

El estudio de este tipo de escenas y teatralidades pueden ser fuente de conocimiento a través de las cuales comprender realidades particulares que trascienden los límites del teatro, pero que también lo pone en discusión y lo retroalimenta. La coalición de las escenas de la política -detonadas por los masivos movimientos por justicia e igualdad y en contra de las violencias de género, en diálogo interseccional y transfronterizo continuo porque en todo el globo se encienden luchas rebeldes, feministas y transfeministas que contagian otras mechas- nos interpelan, hacen estallar, no sólo los marcos de acción y reflexión, sino también y, sobre todo en nuestro campo, a la milenaria disciplina teatro.

Referencias bibliográficas:

Balandier, Georges (1994). El poder en escenas: De la representación del poder al poder de la representación. Barcelona, Paidós.

Butler, Judith (20171). Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Buenos Aires, Paidós.

Butler, Judith (20172). “Vulnerabilidad corporal, coalición y la política de la calle”, en NÓMADAS 46. Colombia, Universidad Central.

Diéguez, Ileana (2008). “El malestar de las teatralidades”, en Revista KARPA 1.1 http://www.calstatela.edu/misc/karpa/Karpa1/Site Folder/ileanadiegueza.html

Diéguez, Ileana (2014). “Un teatro sin teatro: la teatralidad como campo expandido”, en Revista Sala Preta. Issn.2238-3867.v14i2p125-129.

Dubatti, Jorge (2016). Teatro- matriz, Teatro liminal: Estudios de Filosofía del Teatro y Poética Comparada. Buenos Aires, Galerna.

Evreinov, Nikolai (1936). El teatro en la vida. Santiago de Chile, Ercilla.

Féral, Josette (2005) “La teatralidad: en busca de la especificidad del lenguaje teatral”, en Teatro, teoría y práctica: Más allá de las fronteras. Buenos Aires, Galerna. Págs. 87-107.

Proaño Gómez, Lola (2019). “Artivismo y feminismo: la calle como el espacio de la lucha por lo reconocible, la visibilización del derecho y el reclamo por la autonomía y la vida.” (Manuscrito sin publicar).

Rivera Cusicanqui, Silvia (2015). Sociología de la imagen: Miradas ch´ixi desde la historia andina. CABA, Tinta Limón.

(1) La foto que compartimos muestra uno de los momentos del suceso, anterior a la pintada mencionada en el texto. Es la marcha al COE, por los femicidios y pedido de justicia, del 13 de octubre de 2020, en San Salvador de Jujuy.